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Cuando comencé este blog no tenía muy claro cuál sería su desarrollo. Comenzó más bien como una prueba que se expuso a la blogosfera por error y que suscitó el interés de algunos suscriptores a pesar de que solo había un título y poco más. Ello me persuadió de la necesidad de poner en marcha esta andadura aun sin haber reflexionado mucho sobre ella, poniendo en práctica el consejo de “aprender haciendo”. La idea inicial era la de presentar cuestiones relativas a la fe católica tanto a los propios católicos que deseasen profundizar en sus creencias como a aquellas personas que no la conociesen o incluso mantuviesen una actitud de abierta hostilidad hacia ella. Sin embargo existían asuntos de distintos tipos que no parecían encajar en un blog de esas características. En el fondo la realidad nos interpela a todos de un modo acuciante y nos urge respuestas que para los cristianos no son más que respuestas cristianas. Cabía la opción de abrir otro blog enfocado hacia la actualidad. Sin embargo, tras meditarlo y leer algunas reflexiones que se han hecho este fin de semana en Roma en el marco de unas jornadas sobre internet en la vida de la Iglesia, he decidido que lo mejor sería agrupar todas las entradas en el mismo lugar y pasar de ser un blog “de temática católica” a un blog “de autor”. Parafraseando a Delibes se podría decir que este es el blog de un católico que escribe. Regina Viarum reflejará los intereses y opiniones de su autor desde su propia perspectiva. El nuevo enfoque se irá concretando en los próximos días.
En el año 1938 apareció en una humilde habitación del piso superior de una casa de Herculano la impronta de una cruz de madera que se hallaba clavada a la pared y rodeada por un paño de estuco que la enmarcaba. En los bordes del estucado se observaban las señales dejadas por las puertas batientes que servían para cerrar el conjunto o abrirlo conformando un tríptico del que se desconoce si formaba parte algún otro símbolo.
La cruz es de pequeñas dimensiones, del tipo clásico latino, denominada “capitata” por tener una prolongación superior del brazo vertical que iba estrechándose de abajo hacia arriba. En los brazos laterales los extremos son más anchos.
Entre los indicios que hacen suponer que nos encontramos ante una cruz cristiana está el hecho de que se destaca única y aislada en el paño de estuco y éste se encuentra en el fondo de la habitación, frente a la puerta de entrada, a través de la cual llegaba la luz de una ventana del corredor que miraba hacia Oriente.
La disposición del conjunto es similar a la de los altares paganos de algunas casas de Pompeya, como el de la “casa del Menandro”. Delante del paño estucado se halló ligeramente desplazado un pequeño mueble de madera semejante a los altarcillos frecuentes bajo los lararios familiares de las casas pompeyanas. En la parte superior muestra una predela, y en su cuerpo un armario, que se cerraba con una puerta que quizá guardaba objetos de culto.
De la cruz no han quedado restos. Dado que en Herculano los tejidos y la madera se conservaron siempre aunque mineralizados, se ha sugerido que la cruz fue arrancada antes, y quizá violentamente dados los desconchados visibles en el perímetro, especialmente en la parte superior izquierda. Se ha querido relacionar esta cruz con el desembarco de San Pablo en Pozzuoli en el año 60, y la desaparición violenta de la cruz con la persecución neroniana del año 64. En todo caso si en algún momento llegase a confirmarse que estamos ante una cruz cristiana demostraría que ya había cristianos en Heculano con anterioridad al año 79 de nuestra era, fecha de la erupción del Vesubio y de la desaparición de la ciudad.
Aun cuando no fuese un símbolo cristiano, no cabe duda de que el ambiente sería el mismo en el que vivirían los primeros cristianos que habitaron en las ciudades romanas. La habitación parece corresponder a la que ocuparían los esclavos o siervos de los propietarios de la casa. Hay veces en que las piedras parecen hablar con singular elocuencia. En este lugar los siervos cristianos se esforzarían por servir a sus amos por amor a Cristo, tratando de vivir conforme a sus enseñanzas y cumpliendo la exhortación que San Pablo desde su cautividad dirigió a los colosenses:
Esclavos, obedezcan en todo a sus dueños temporales, pero no con una obediencia fingida, como quien trata de agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, por consideración al Señor. Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos. Ustedes sirven a Cristo, el Señor: el que obra injustamente recibirá el pago que corresponde, cualquiera sea su condición. (Epístola a los colosenses 3, 22-25)
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