En la muerte de Miguel Delibes

Saldaña La mayor parte de los autores a los que uno lee no están vivos y siguiendo a Quevedo, uno vive “en conversación con los difuntos y escucha con sus ojos a los muertos”. Pero en ocasiones tiene el lector la dicha de participar a través de los libros de las ideas, los sentimientos, las preocupaciones de un autor vivo, y aunque no haya tenido la oportunidad de conocerlo personalmente, se siente íntimamente unido a él, y sabe que en la ignorada lejanía, disfruta de una amistad intelectual a la que puede recurrir en busca de consuelo, consejo o confortación, o simplemente para disfrutar del mero placer estético de desgranar una historia bien narrada. Es el autor como aquel viejo vecino del pueblo al que uno regresa tras años de ausencia y con el que basta intercambiar unas pocas palabras para comprender que, pese al tiempo, la distancia y la diferencia de edad, participa con él de una manera de ser, de ver y de entender el mundo, y al que sabe que inexorablemente podrá recurrir en caso de necesidad, aunque se limite a compartir muy de cuando en cuando una antigua historia y un vaso de vino al calor del hogar.

Delibes ha formado parte de la reducida nómina de autores que han acompañado a mi familia a lo largo de los años, y que han conformado el corpus que recoge los valores compartidos que más allá de la mera necesidad constituyen el núcleo intelectual y sentimental de una familia. No recuerdo cuál fue el primer libro de Delibes que leí pero sin duda debió de ser alguno de caza. Rebuscando en los pliegues de mi memoria diría que fue El libro de la caza menor, un tomo de tapas duras con sobrecubierta de papel verde y ocre de la colección Áncora y Delfín de la Editorial Destino, a la que Delibes fue fiel toda su vida. Quizá fuese Con la escopeta al hombro, aunque puedo asegurar sin dudas que después vino Diario de un cazador, dando paso ya a la novela. La caza es una actividad reverenciada con devoción casi religiosa en mi familia. Diría que si no la practicamos es por temor a mancillarla, tanto es el respeto que nos infunde. Pero si no somos practicantes somos firmemente creyentes. Los libros de Delibes se acompañaban en la librería familiar con el pequeño tomo que recogía el prólogo de Ortega al libro de caza del conde de Yebes junto con un breve ensayo sobre el anillamiento de las aves. Todos ellos juntos constituían la fundamentación intelectual de la caza. Y un poco más allá, en el mismo estante, aquel olvidado autor que fue José María de Castroviejo formulaba la profesión de fe: “Soy cazador de corazón y quisiera serlo de oficio y hasta de profesión”. En la otra pared del pasillo enfrente de la librería, una vieja escopeta de perrillos sistema Lefaucheaux, junto con un cuchillo de caza del siglo XIX que proclamaba orgulloso “Soi de mi dueño” y un cargador de pólvora de armas de avancarga, compartían espacio con un armero de caoba rematado por una cabeza de rinoceronte tallada, donde los soportes de las armas y el cuerno del animal eran colmillos de jabalí, dando fe de la pasada dedicación de la familia a la cinegética.

Mi padre y mi hermano disfrutaron de los lances del “cazador que escribe”, del último de aquella casta de cazadores “de escopeta, morral y perro”, que van desvaneciéndose como los viejos soldados, seres inútiles ya en el tiempo mezquino que nos ha tocado vivir. Y uno que no ha sido cazador pero ha compartido madrugadas en la niñez para acompañar a su hermano con su escopeta de balines y adentrarse en los brumosos prados gallegos, no tanto por descubrir los esquivos mirlos, sino por atrapar el preciso instante en que amanece en el campo y “se siente uno como si Dios hubiese creado el mundo para él”, en la feliz expresión del escritor; descubrió gracias a él la emoción del paisaje, convertido luego en elemento esencial de su literatura. Salvo Azorín nadie como Delibes entendió el carácter conformador del paisaje sobre la personalidad. Quizá por ello en el mismo estante estaban los libros de Cunqueiro, pues si Delibes era Castilla, Cunqueiro era Galicia.

Pero más allá de la pasión por la caza y de la emoción del paisaje, se encontraba el escritor y también el hombre que se nos revelaba a través de su literatura. Leyendo sus libros se podía seguir su itinerario vital: el nacimiento de su vocación literaria estudiando el manual de Derecho Mercantil de Garrigues, en quien descubriría la búsqueda del adjetivo preciso; su novia Angelines con quien compartía un café para dos en la penuria de la posguerra y se dedicaban a la olvidada tarea de cogerse de las manos y mirarse a los ojos; su primeriza novela que sin embargo obtuvo el Nadal; el destronamiento sucesivo por nacimiento de sus hijos; su actividad periodística en “El Norte de Castilla”, combinada con las madrugadas para cazar perdices al ojeo en las besanas castellanas; el fallecimiento prematuro de Angelines, el descanso en el refugio de Sedano… Y también se podía descubrir la preocupación social del escritor, su compromiso con los débiles y excluidos que fue la idea repetida sobre la que asentó su obra (“el escritor no es hombre de muchas ideas, más bien es hombre de una sola idea repetida muchas veces”). Y es en esta idea donde Delibes volcó su concepción moral, porque si bien sabía que de la mezcla de moral y literatura suele salir una desastrosa moralina, afirmaba pese a ello que su obra era esencialmente moral. Su concepción del hombre y de la vida entroncaba directamente con la del castellano viejo, ese personaje atávico de cuya desaparición fue testigo y notario. Y por su coherencia con esa forma de vida se convirtió él mismo en referente ético de varias generaciones de españoles que reconocimos su magisterio. Descanse en paz.

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Imagen: Saldaña por Alfonso Benayas


La vida es un continuo




"Voy a hacer 40 años en pocos días, tuve también 20 años y 10; tuve 5 y tuve 1; tuve mis primeras 34 semanas de vida que pasé, estupendamente, en el vientre de mi madre, y antes que esas 34 tuve 12 y antes de esas 12 tuve 1, y antes de esa semana primera tuve 3 días, y 48 horas y 10 minutos, y un primer segundo. Desde ese primer segundo fui yo, el que ahora, en breve cumplirá 40 años. No tuve, de repente, por arte de magia, como dice la Ley, 14 semanas para empezar a ser yo y tener derecho a vivir. Eso es todo."

Iñigo Urien Azpitarte

Releo la entrada anterior (curiosa actividad esta de releerse a uno mismo) y medito sobre su aparente pesimismo. Aparente, dado que no es tal. En realidad me encuentro como Delibes, existencialmente pesimista pero ontológicamente optimista. No tengo ningún dato objetivo para pensar que el conflicto de EpC no se va a ganar. Es simplemente una intuición y considero a esta como una forma de conocimiento. Lo cierto es que mediante su uso se llegan a conclusiones que uno considera ciertas a través de un razonamiento que se presenta difuso pero del que uno sospecha que es acertado. Por eso no trataré de profundizar en el desarrollo del razonamiento. Creo que no llegaré a soluciones distintas. Las premisas de partida se encuentran también desdibujadas o simplemente esbozadas: jurídicamente existen muchas vías de escape para el Tribunal de Estrasburgo por las que puede desviarse sin entrar en el fondo del asunto; la actitud del Partido Popular en las Comunidades donde gobierna no alienta la esperanza en una solución política; socialmente muchos colectivos han pasado página en este asunto… y sin embargo, no tengo derecho al desánimo, la batalla de EpC podrá perderse pero la guerra por la libertad de educación se ganará sin duda. Es parte de una guerra cultural donde junto con la batalla por la vida se juega mucho el Hombre. Es muy probable que sea necesario pasar por una época de tribulación como la actual, pero estoy convencido de que un pequeño grupo de padres, incluso uno solo será capaz de mantener esa llama encendida y cuando se propague no habrá forma de pararla. Por si había dudas.

¿Por qué objetar a Educación para la Ciudadanía?

Logo cometa La semana pasada fue densa en noticias relacionadas con la libertad de educación en España.

Por un lado el Partido Popular publicó un documento en el que expone sus propuestas para lograr un Pacto de Estado sobre la Educación en España.

Ese documento no contempla la supresión de la asignatura Educación para la Ciudadanía, lo que ha suscitado diversas críticas de medios de comunicación de la derecha social española manteniendo que la postura del PP suponía un nuevo incumplimiento de las promesas electorales hechas a sus votantes.

Al mismo tiempo diversas organizaciones de la sociedad civil manifestaron sus opiniones sobre las propuestas del PP. Así lo hicieron Profesionales por la Ética y España Educa en Libertad, la federación que agrupa a las plataformas que representan a los padres objetores a la polémica asignatura.

Esta última entidad lanzaba además la semana pasada el Manifiesto por la Libertad de Educación, un documento que busca salvaguardar el derecho que asiste a los padres a decidir la educación sexual que quieren que reciban sus hijos, ante la nueva intromisión que prepara el Gobierno con la nueva ley del aborto en este asunto tan sensible.

Otros medios especializados en información religiosa también se han hecho eco de la situación de los objetores a EpC, en especial en el blog de Luis Fernando Pérez Bustamante en Infocatólica. Comparto gran parte del análisis y de resumen de la historia de la objeción hasta ahora. Lo que resulta más chocante de esta aún corta historia es el goteo de deserciones que se ha producido desde el inicio, cuando el respaldo a la objeción fue mayoritario por parte de los obispos de la Conferencia Episcopal Española, el Partido Popular, y diversas organizaciones sociales y educativas: la Federación de Religiosos de la enseñanza (FERE), Confederación de Padres Católicos, CECE, Foro de la Familia, etc.,… Un amplio mosaico de entidades que pueden agrupar o representar a la gran mayoría de padres católicos españoles en el ámbito educativo parecieron unirse para defender a los padres ante la injerencia que suponía la asignatura.

Pero actualmente los padres están solos. No cuentan con el apoyo de grupos mediáticos, se han ido desentendiendo de ellos tanto las patronales de la educación como diversas asociaciones de padres católicos y movimientos de la sociedad civil. El Partido Popular pese a las intenciones de su documento manifiesta una actuación ambigua en aquellas comunidades autónomas donde gobierna. Los objetores no reciben más asistencia jurídica que la que pueden prestarles otros padres objetores profesionales del Derecho desde las plataformas. Esta situación duele a algunos, extrañados por lo que consideran el peor de los daños, el "fuego amigo", el abandono de los que aparentemente defienden lo mismo que uno.

Vaya por delante que pienso que la batalla por la objeción de conciencia a EpC, no se va a ganar. Ni política, ni jurídica, ni mediáticamente. Tampoco lo haremos en el plano social. Entonces ¿por qué objetar?, ¿por qué continuar adelante con una batalla que parece perdida de antemano? Pues porque el verdadero centro del debate en este tema no es esta batalla, siendo ésta extraordinariamente importante. Lo que de verdad importa es ganar la guerra por la libertad de educación, por defender y dar verdadero contenido al derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus propias convicciones. Lo que no ha comprendido mucha gente es que este es un conflicto como el del aborto. Y estos no son más que lo primeros envites de una larga guerra que se va a extender durante décadas. Porque en el fondo lo que existe es una guerra ideológica, una guerra en la que existen dos modelos contrapuestos de entender el Hombre, de entender la sociedad, la educación, la libertad y responsabilidad individuales, las relaciones del individuo y el Estado,... Y donde una de las ideologías considera que debe imponer sus valores de un modo hegemónico al resto de la sociedad. Es deseable que a lo largo de ese tiempo se unan más personas a esta lucha, se recupere la necesaria unidad para afrontar este enorme reto y se sumen esfuerzos para concentrarlos donde verdaderamente son necesarios. La guerra no ha hecho más que comenzar, es parte de una hoja de ruta donde lo que se busca es acabar con la libertad educativa, con los conciertos educativos a los centros católicos, con la educación diferenciada, y sobre todo con la libertad de los padres para educar a sus hijos conforme a sus convicciones,... y esa guerra no la podemos perder.

La gran mayoría de los ateos y muchos cristianos piensan que la moral cristiana consiste en una serie de prohibiciones. Para ellos la vida cristiana se reduce a evitar el pecado, es un no hacer.  La moral sería la doctrina de hacer o no hacer, un compendio de mandatos, prohibiciones y mandamientos. Pero como muchos cristianos comprendieron a lo largo de los siglos, y Santo Tomás de Aquino definió magistralmente basándose en Aristóteles, la felicidad es el fin supremo, el bien último del hombre y este se alcanza mediante el ejercicio de las virtudes. El hombre se convierte en arquitecto de sí mismo. En ese sentido Pieper recoge la frase de Eckhart para dar un paso más: “Las personas no deben pensar tanto lo que han de hacer como lo que deben ser”. Dos siglos antes Santo Tomás comenzaba la segunda parte de la Summa theologica estableciendo que después de hablar de Dios y puesto que el hombre fue creado a su semejanza había que hablar de su imagen, el hombre. Pieper insiste particularmente en esta idea, que la moral no es algo añadido a la antropología, más bien es doctrina sobre el hombre y tiene que tratar de la imagen verdadera del mismo hombre, de lo que es y, más importante todavía, de lo que debe ser. La moral trata de la idea verdadera del hombre.

El ideal del hombre coincide con el ideal del “hombre bueno”, del hombre que conforma su vida con el orden de la razón, con la recta razón que le debe guiar en la existencia. Sólo el hombre que es capaz de hacer coincidir su ideal de humanidad con el de la virtud es capaz de dar sentido a la existencia, aceptando la verdad profunda de su ser, de alimentarse de la verdad no sólo en el orden del pensar sino mejor aún en el de vivir, y en ese anhelo de vivir en la verdad se encuentra en diálogo constante con los demás hombres.

La idea cristiana del hombre se concreta en un modelo: Cristo. En Él se define el modelo del hombre perfecto que reclama la Escritura: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”. El cristiano debe ser “otro Cristo”, “el mismo Cristo”. Tomás de Aquino, trató de establecer la imagen cristiana del hombre en siete tesis, que se pueden expresar del modo siguiente, un camino que recorre las tres virtudes teologales y las cuatro virtudes cardinales:

  • El cristiano es el hombre que mediante la fe penetra en la realidad del Dios uno y trino.
  • En la esperanza el cristiano anhela la plenitud definitiva de su ser en la Vida Eterna.
  • En la virtud divina de la caridad el cristiano mantiene hacia Dios y hacia el prójimo una disponibilidad a toda prueba que va muy por encima de la capacidad natural del amor.
  • El cristiano es prudente, es decir su mirada no se deja engañar por el sí o el no de la voluntad; más bien logra que el sí o el no de la voluntad dependa de la verdad, de cómo son en realidad las cosas.
  • El cristiano es justo, es capaz de vivir “con los demás” en la verdad; es consciente de ser un miembro de la Iglesia, del pueblo y de la sociedad.
  • El cristiano es valiente, o mejor dicho aún es fuerte, es decir que por la defensa de la verdad y por amor a la justicia, está dispuesto a dejarse herir y si fuera necesario a afrontar la muerte.
  • El cristiano es un hombre moderado, es decir que no permite que la tendencia hacia el tener y hacia el placer se convierta en destructiva y contraria a su destino.